Graziella Pogolotti, una mirada a la vanguardia de la segunda década del siglo pasado

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La Habana, 16 ago (ACN) En el aniversario 120 del nacimiento de Carlos Enríquez, la escritora Graziella Pogolotti llama a volver la mirada hacia la vanguardia rebelde que en la segunda década del siglo pasado unió sus fuerzas a los estudiantes, las mujeres, los obreros que retomaron la lucha en favor de la plena independencia cubana.

En artículo titulado Hurón Azul, que rememora la bucólica vivienda del célebre pintor cubano, recuerda que este y Marcelo Pogolotti compartieron las aulas de la primera enseñanza en el Candler College de La Habana.

Dice que al conmemorarse el primer centenario del nacimiento de ambos creadores, el Memorial José Martí acogió una muestra de la obra del cubano, mientras en Nueva York se inauguraba una sorprendente retrospectiva de Alice Neel, quien fue compañera en la vida de Enríquez.

Carlos Enríquez logró viajar a Europa para completar su aprendizaje artístico y de regreso a La Habana, en plena madurez creativa, emprendió su gran saga campesina con vistas a forjar la imagen mítica de nuestra identidad, rememora.

El nombre de la serie Romancero criollo establecía un nexo cómplice con el Romancero gitano del poeta Federico García Lorca, asesinado en su Granada natal por el franquismo en agosto de 1936.

Añade que sin abandonar su obra fundamental de pintor, Carlos Enríquez se dejó tentar por la literatura. En su novela Tilín García desarrolló la semblanza de un «rey en los campos de Cuba», versión de un histórico Manuel García, viviente todavía en la memoria popular a lo largo del siglo XX, jinete audaz, machista y justiciero.

Publicada póstumamente después del triunfo de la Revolución, La vuelta de Chencho merecería rescate a partir de un riguroso trabajo de edición. Con recursos tomados de la literatura fantástica, el autor se introduce en una áspera realidad social y humana, opina.

El Hurón Azul, vivienda y refugio del artista, ha adquirido con el andar del tiempo un halo legendario, donde dice la intelectual cubana que en una República neocolonial e indiferente, los escritores y artistas construían sus espacios para oxigenar el ambiente y estimular el intercambio de ideas.

Uno de esos espacios de diálogo fue el Hurón Azul. Gastados los últimos centavos de la herencia paterna, Carlos Enríquez quedó solo. Víctima de atroces dolores, un cirujano ilustre, el doctor Carlos Ramírez Corría, le consiguió una cama en el hospital Calixto García.

Después de numerosas operaciones, con el apoyo de un bastón, pudo regresar al Hurón. En un amanecer solitario, le llegó la muerte. Permanecía a su vera el fidelísimo perro Calibán, dice Pogolotti.

A 120 años del nacimiento de Carlos Enríquez es el momento propicio para volver la mirada hacia la vanguardia rebelde que en la segunda década del siglo pasado unió sus fuerzas a los estudiantes, las mujeres, los obreros que retomaron la lucha en favor de nuestra plena independencia, subraya.

Como parte de ese combate, las artes plásticas, la música, la poesía, la novela y el ensayo, forjaron un imaginario renovador y exploraron, en lo más recóndito, lo que somos, proclama Pogolotti.

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