El aplauso de los agradecidos

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Un disparo de cañón desde la Fortaleza San Carlos de la Cabaña anuncia en La Habana que son las nueve de la noche. De la época de corsarios y  piratasdata este singular aviso que para entonces fue para los habaneros el anuncio de que las puertas de la ciudad, rodeada por unos inmensos muros de piedra, se cerraban para proteger a la villa del ataque de tan peligrosos enemigos. Se cuenta que en ese momento también se clausuraba la bahía con una cadena que la atravesaba desde el Castillo de la Punta hasta el de los Tres Reyes del Morro.

Con el declinar de las actividades de esos grandes saqueadores de barcos y derribadas las murallas, el disparo de las nueve perdió su sentido original aunque no su exactitud, y su familiar estampido continuó registrando una hora a prueba de cañón.

Más de 300 años hacen historia pero la vida todo lo puede. Y es que un virus con forma de corona y una terrible estela de muerte, le ha agregado un sentido especial a la que hasta ahora era una pintoresca ceremonia, protagonizada por soldados vestidos con trajes y sombreros coloniales, que portan antorchas encendidas y entonan con voz y ritmo peculiar la palabra Silencio.

Ahora, cuando esa rara combinación de letras y número, SARS-CoV-2, tiene a la humanidad en vilo, el cañonazo de las nueve es la hora pactada para el agradecimiento y la esperanza, y lo mejor es su nuevo aderezo, porque desde este domingo 29 de marzo (una nueva fecha para hablar de historia) el símbolo habanero quizás deje de serlo, en el sentido geográfico de la palabra, porque desde cualquier parte de Cuba podrán sumarse los aplausos que darán fe del agradecimiento a quienes, dentro o fuera de nuestras fronteras, son ahora los héroes veladores por la vida.

Médicos, enfermeras, técnicos, todos los trabajadores de la salud y también, por derecho, quienes desde otros frentes los acompañan, recibirán en la noche  el mejor y más gratificante homenaje.

El propio domingo 29 mi barrio se sumó a la convocatoria. Desde mi ventana fue difícil identificar a quienes agradecían, pero las palmas se escucharon, prolongadas, fuertes y a la vez tiernas.

Tres pisos más abajo viven mi enfermera Sayli y mi doctora Elizabeth. Me pregunté si estaban conscientes del homenaje que le rendíamos porque la sencillez y la humildad andan de la mano de estas cubanas. Quizás ellas aplaudieron a sus propios colegas, quienes libran ahora mismo una peligrosa batalla para que mañana abrazos y besos vuelvan a la esencia de este pueblo criollo.

Hace solo unos pocos días ambas cuidaron de mí y me ayudaron a sanar una indeseada bronquitis aguda. Entonces no les di las gracias, acostumbrada a ser beneficiaria de un sistema que te da salud gratuitamente, pero a las nueve de la noche, en La Habana y desde mi ventana, saldé esa deuda con mi aplauso agradecido.

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