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Derechos Humanos, entre balas neoliberales y sueños de los pueblos

 

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Golpes de Estado, balas de militares contra civiles, disparos contra los sueños, la voluntad y la dignidad de los pueblos forman parte de la realidad a nivel global, especialmente en América Latina.

La wiphala, símbolo de las culturas originarias, es quemada en Bolivia, donde una mujer que no debiera tener nombre se autoproclama presidenta y hasta recibe apoyo de algunos gobiernos; Chile es también sangre e ímpetu de sus ciudadanos, cansados de tantos males.
Colombia no se rinde ante su mandatario Iván Duque, otra de las marionetas de Washington; y logra paros nacionales con el impulso de los estudiantes universitarios. Haití y otras naciones viven también momentos complicados.
Venezuela y Cuba permanecen como blancos principales de quienes saben que ya constituyen símbolos de resistencia, dignidad y avances a favor de sus hijos. Latinoamérica no parece ya un tablero de ajedrez, sino un campo de batalla político, cultural, económico, pero también militar, una verdad que duele, pero no puede matar las esperanzas.
En este contexto llega otro Día Mundial de los Derechos Humanos, 10 de diciembre, pues en esa fecha del año 1948 fue aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de los documentos más traducidos de la historia, disponible en más de 360 idiomas. Y es inevitable pensar en ese texto, en el presente y el futuro internacional. ¿Cuántos lo han leído? ¿Por qué tanto irrespeto?
Para muchos pueden más el dinero y los intereses personales que la
sensibilidad. Esto a veces parece una obra de teatro, una película de
ficción con mucho de drama, pero no, desfavorablemente todo es cierto.
La Declaración sigue siendo tan pertinente como en 1948, cuando fue proclamada y aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Expresa la pretensión de que todas las personas tengan derechos económicos, sociales, políticos, culturales y cívicos que sustenten una vida sin miseria y sin temor.
Su artículo tres, por ejemplo, manifiesta que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”; y el nueve establece que “nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado”. El cinco refuerza esas ideas al decir que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.
Al leer el documento es inevitable sentir una mezcla de tristeza y decepción, porque a pesar de tener la Declaración más de 70 años de aprobada no es cumplida por quienes prefieren enarbolar las armas y hasta las muertes, con el propósito de imponer su voluntad.
Resulta paradójico que Estados Unidos, país que mueve los hilos de muchas marionetas a nivel global, impulsa golpes de Estado y hasta invade naciones, intente presentarse como el mayor defensor de los derechos humanos, e incluso justifique algunas de sus acciones con la falsedad de que desea ayudar.
LA FUERZA DE LOS PUEBLOS
Definitivamente, los pueblos deben defender y mantener o conquistar sus derechos ante las olas neoliberales, que desean establecer el capitalismo a nivel mundial.
La Asamblea General de las Naciones Unidas debe ser más consecuente con su función a favor del cumplimiento de documentos, como la Declaración Universal, aprobada por sus miembros.
Duele que, por ejemplo, la señora Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, prefiera el silencio o acciones demasiado retardadas antes que defender la vida de muchos ciudadanos en territorios, como Bolivia y Chile, este último su país de origen, donde jóvenes y otros ciudadanos son asesinados por fuerzas armadas o pierden la visión, como consecuencia del impacto de balas de gomas.
Las organizaciones y movimientos sociales no debieran cansarse nunca, pero también se requieren hechos más potentes, impulsados por la comunidad internacional.
CUBA Y SU EJEMPLO PARA EL MUNDO
En todo ese panorama, Cuba constituye un símbolo real y creciente, consecuente con lo expresado por Fidel Castro el 21 de enero de 1959, en una concentración popular frente al Palacio Presidencial, cuando aseguró que “la Revolución se puede sintetizar como una aspiración de justicia social dentro de la más plena libertad y el más absoluto respeto a los derechos humanos”.
Antes del triunfo revolucionario en 1959, el 57 por ciento de la población cubana era analfabeta, alrededor de 800 mil niños en edad escolar no asistían a la escuela y existían 17 mil aulas cuando debían ser 35 mil.
En un solo año, de 1960 a 1961, la Revolución creó 15 mil aulas nuevas en zonas rurales y la matrícula en centros educacionales elementales aumentó hasta un millón 118 mil 942 alumnos.
La campaña de alfabetización eliminó el analfabetismo en el país, y actualmente Cuba es uno de los Estados más instruidos del mundo, con todos los infantes y adolescentes en edad escolar asistiendo a las escuelas de forma gratuita, incluidas las de la Enseñanza Especial.
Otro de los baluartes es la Salud. Antes de 1959, la tasa de mortalidad infantil por cada mil habitantes era de 42; en la actualidad lleva una década por debajo de cinco, lo cual la ubica entre las primeras 20 del orbe y al frente de la región de las Américas.
A eso se suma que miles de hijos de esta nación han brindado sus conocimientos y amor en decenas de países, a los cuales llevan vida, educación y esperanzas.
Todo eso a pesar del férreo bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos, con el propósito de ahogar en la miseria a este pueblo, de sacrificios y triunfos.
La nueva Constitución, aprobada por amplia mayoría popular el 24 de febrero de 2019, refuerza y amplía los derechos humanos aquí.
Así queda claro desde su primer postulado, el cual refiere que Cuba es un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad, el humanismo y la ética de sus ciudadanos para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva.
Mucho se deberá continuar haciendo a nivel internacional por el bien de las personas, sin importar su lugar de residencia. Para los pueblos afectados jamás deberán ser opciones rendirse o aceptar imposiciones de otros, empeñados en pisotear principios de dignidad e igualdad, para obtener ganancias.
Ojalá el Día de los Derechos Humanos fuera permanente, no como fecha, sino como práctica cotidiana de todos.

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