A 200 años de su nacimiento Cienfuegos, mujer desde la piel al alma

Cienfuegos

Cienfuegos, 23 dic (ACN) Aunque el propio nombre de la ciudad se incline al género masculino, Cienfuegos fue mujer desde sus inicios y aún lo es desde la piel al alma,  a poco de arribar a los 200 años de su nacimiento.

La actual capital provincial, en un principio nombrada colonia Fernandina de Jagua, fue fundada en 1819 en el centro y sur de Cuba, y debe su origen, según la alegoría aborigen, a una  fémina, cuyo nombre significa principio, fuente, y manantial.

De ahí que toda la mitología indígena esté poblada de una hornada de mujeres, dígase Maroya, Guanaroca,  Jagua, Azurina, Ayicayía, y Marilope, entre otras, sobre las cuales se entreteje la urdimbre de múltiples y hermosas leyendas.

Sin embargo, aunque las del sexo femenino sellaron pautas entre los primeros habitantes de la comarca, siempre fueron marcadas con un final trágico a costa de la violencia, al sufrir el asesinato de sus hijos, ser vistas solo como objetos del deseo masculino, acosadas, y culpadas de los males de su entorno.

Cuenta una de las leyendas que Huión, el Sol, creó al primer hombre, nombrado Hamao,  y Maroya, la Luna, se compadeció de la soledad de este, por cuanto hizo a la primera mujer: Guanaroca.

Las  historias orales publicadas casi un siglo atrás por Adrían del Valle, habla de una historia de amor que culminó con la muerte del primer hijo de aquella pareja fomada por Guanaroca y Hamao, debido a los celos del padre para con su vástago.

Mientras que el relato sobre la india Ayicaia muestra a la mujer objeto sexual deseada por los machos de la comunidad, cual abeja reina perseguida por los zánganos, pero también con un final trágico.

Otras deidades del panteón aborigen de la comarca de Jagua aparecen como víctima de la violencia, tal es el caso de la india Marilope que prefirió esfumarse para no someterse a las apetencias del pirata que la acosaba para hacerla suya.

Hasta en la leyenda de la Dama de Azul se destaca la presencia de la mujer, entre la dotación militar de una fortaleza como el Castillo de Jagua, donde apenas si se recuerda el nombre del Comandante del Fuerte, y mucho menos de sus subordinados.

Ni siquiera se sabe el apelativo de aquel alférez que quedó sin uso de razón luego de amar a la mujer bajo el manto añil, y solo sobrevivió la historia de la misteriosa Dama que sale de la capilla y traspasa los muros en las noches de luna al graznido de un ave raro.

Según investigaciones del Centro Provincial de Patrimonio, los aborígenes de la zona reconocían el papel relevante de las féminas en el progreso de la economía, pero sobre todo en la reproducción.

Desde esa época las damas tenían el control de las aldeas y eran las más capacitadas para desarrollar tareas clave como la agricultura y la artesanía; los hombres por su parte, solo se ocupaban de la caza porque hasta la pesca era efectuada, en gran medida, por las mujeres.

Las indias recibían toda la protección del resto de la tribu por ser las responsables de concebir la descendencia, factor que posibilitaba la hegemonía de una raza fuerte y saludable que transmitiera sus costumbres de generación en generación.  

En el plano familiar, esta sociedad prematura estaba regida por las relaciones promiscuas, según apuntaba el investigador Marcos Rodríguez Matamoros.

Cada mujer podía tener relaciones sexuales con varios hombres porque lo primordial era quedar embarazada, sin importar quien fuera el padre del nuevo individuo, por esta razón al morir el gran jefe, heredaba el cargo el hijo mayor de su hermana.

Pero se nota que en esa etapa las mujeres no solo decidían, sino que asumían una gran cantidad de labores, mientras los hombres aparecen desdibujados.

El propio acto fundacional, de esta ciudad, el 22 de abril de 1819,  lleva implícito un intento de preservar a las féminas, y  aún se conserva el ritual, en el parque José Martí de la conocida Perla del Sur, en el que se rememora el instante mismo  cuando Don Luis D´Clouet ordena hacer un gran sopón con el palomo macho y abriendo las manos deja escapar a la hembra.

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