El 6 de septiembre de 1874, el jefe de una columna española en San Antonio de Baja, en los alrededores de Bayamo, no ordenó rematar a un mambí prisionero que permanecía encima de una carreta con el rostro ensangrentado por un disparo de su revólver, que se propinó en la barbilla y salió por la frente, frustrando así su intención de no caer vivo en manos enemigas.