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Adornos para toda la vida

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En los tiempos que corren la visualidad acapara un protagonismo descomunal y el cuerpo es para las y los adolescentes la primera carta de presentación, de ahí que la familia debe estar muy atenta a los recursos que ellas y ellos usan para «adornar» su imagen

Hasta hace muy poco para las y los adolescentes mostrar rebeldía, lo mismo dentro que fuera de la casa, bastaba con dejarse crecer un poco el pelo si era varón, modificar la vestimenta ajustándola al cuerpo hasta alcanzar la categoría de segunda piel o ponerse uno o varios aretes. Pero los tiempos cambian y en la actualidad los retos han pasado a mayores, pues cada vez es más temprana la edad en que se piensa en tatuajes o piercing.

Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de ambas manifestaciones devenidas modas; de los orígenes ancestrales de uno y otro, de las múltiples interpretaciones rituales y sociales que se les han dado, de acuerdo a las circunstancias en que se emplearon…, en fin, que nada nuevo habría que decir, salvo el hecho que antes era una decisión de personas adultas, y ahora ya he oído a muchos y muchas menores hablar de los posibles diseños de sus tatuajes o de los lugares donde les gustaría ponerse un piercing, a pesar de que «se supone» que para conseguirlo se necesita la mayoría de edad o al menos el permiso de los padres y las madres.

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A estas alturas ya sabemos que tatuarse o perforarse no hacen ni mejores ni peores a las personas que lo llevan, sin embargo, lo que sí está claro es que ambos procedimientos son una dolorosa agresión al cuerpo para las que las y los adolescentes no están preparados ni física ni sicológicamente.

Argumentos sobran para justificar las decisiones de escribirse o agujerearse el cuerpo. Sirven todas las características propias de la etapa adolescentes: expresar su rebeldía, la búsqueda de la identidad personal, para independizarse de los modelos adultos, también puede ser una manera de reflejar aspiraciones, añoranzas, rendir homenajes…

Además están los que imitan a sus ídolos: cantantes, deportistas, actores y actrices, o a lo que lucen sus amistades en las redes sociales, gracias a la creciente influencia globalizadora de la cultura digital… En fin, que existe una larga lista de razones por las que un o una adolescente querrá hacerse un tatuaje o ponerse un piercing.

Es por eso que se impone reflexionar acerca del fenómeno de manera tal que nos permita apertrecharnos de herramientas para cuando nuestro hijo e hija de solo 16 o 17 años nos diga: ¡Yo quiero hacerme un tatuaje!

Hablemos del tema

Las alarmas sonaron en casa de Aurora y Juan Miguel cuando le solicitaron a su hijo Joan que pidiera cómo quería que le celebraran sus quince, evento para el cual la familia en pleno había realizado, durante bastante tiempo, todo tipo de reajustes económicos que les permitiera contar con un fondo monetario capaz de cubrir sus expectativas, pues en realidad «el niño se lo merece».

El muchacho respondió sin ninguna duda: lo único que quería era hacerse un tatuaje. Joan es un jovencito muy serio, excelente estudiante, colaborador y responsable; pero está encaprichado y no quiere otra cosa para sus quince. Ya tiene seleccionado el diseño e incluso ha hecho averiguaciones acerca de los lugares donde los hacen con más calidad.

«De primera intención, tras el gesto de asombro lo único que me vino a la cabeza fue decirle que no -me contaba Aurora- pero optamos por hacer un alto en la conversación y dejarla para otro momento a fin de procesar mejor la noticia».

Sobre este tema hay muchas aristas a considerar y lo primero es que, generalmente, los adultos de casa están poco informados sobre tales asuntos y se quedan desnudos de argumentos para enfrentarlos.

De todas formas, coincido con Aurora, lo más aconsejable es no prohibir. En la adolescencia, como en casi todas las etapas de la vida, lo prohibido adquiere un carácter sumamente tentador. Lo mejor es pedirle que posponga su decisión, sin descartarla en absoluto. Se trata de esperar un tiempo antes de decidir juntos, para comprobar si sigue deseándolo. Pactar y conversar es lo aconsejable. Escuchar sus argumentos y brindar los nuestros en un ambiente de paz.

Por otra parte, les pedimos que tengan responsabilidades en la casa, que sean merecedores de nuestra confianza con sus actitudes diarias, que cumplan con los deberes escolares y sociales y hasta que escojan la carrera que van a estudiar y que les definirá el curso de sus vidas, entonces cómo es posible que nos aparezcamos con que no tienen la madurez necesaria para tomar una decisión como esa.

También es preciso analizar el contexto en que vivimos. El mundo actual es sumamente visual, todo entra por la vista y las nuevas generaciones no quedan ajenas a estas circunstancias. Para las y los jóvenes proyectar una imagen ajustada a los nuevos cánones imperantes se vuelve de suma importancia, y la que proyectan los otros se convierte en un espejo social. Tanto el piercing como el tatuaje constituyen formas de adornarse el cuerpo, de expresar la valoración que tienen de ellos mismos, de asumir un sistema de signos que le permite comunicarse con sus iguales, e incluso verse más atractivos.

Mucho cuidado con los argumentos que ofrecemos para hacerlos desistir. No debemos decirles «a mí eso no me gusta», porque hay que entender que él o ella es una persona diferente, por lo tanto los gustos también lo son. Más apropiado podría ser refutar que «a mí no me gustaría que te lo hicieras, pero te respeto».

Tampoco resulta muy acertado abordar el tema como que «esta moda no va contigo», más inteligente sería decirle: «pues, fíjate, que yo te hacía más de otro estilo, pero ya veo que no entiendo de moda, aunque estas son pasajeras, ¿qué harás entonces?» Hay que explicarles que este tipo de modas no son fugaces como lo pueden ser otras. Que se corten el pelo o se lo tiñan de colores no representa problemas en el futuro, pero estas son marcas que quedarán en su piel para siempre, es decir, serán abuelos con tatuaje u orificios en cualquier parte del cuerpo. Otro recurso puede ser mostrarles fotos de cuando éramos jóvenes para que ellos critiquen la moda de entonces, de manera tal que se den cuenta de lo efímero que es seguir una tendencia de este tipo..

Si el propósito es dejar grabado algún momento o hecho significativo vivido, se le puede proponer dibujarlo o anotarlo y esperar un tiempo, pues habrá un sinfín de experiencias, con una alta carga emocional durante toda la vida, que querrán recordar y una vez que incluyan todas puedan escoger la más transcendental.

Pero lo más importante en un tipo de conversación como esta es el análisis de los riesgos que tiene ambos procederes. Ante todo saber que desde el punto de vista físico los tatuajes son marcas permanentes, que no se eliminan fácilmente, es un proceder doloroso, en el cual se corre el riesgo de contraer alguna infección, una dermatitis o insensibilidad en la zona tatuada. Por su parte los piercing son perforaciones también dolorosas, fáciles de infectar, que pueden acarrear malformaciones como los llamados queloides.

Si definitivamente llegamos a entender y aceptar que el o la adolescente de casa se haga el tatuaje o se coloque el piercing, entonces queda por parte de las y los adultos del hogar el acompañamiento durante el proceso, a fin de comprobar que todo esté en orden.

Juntos debemos evaluar en qué parte del cuerpo se hará el proceder, el diseño del mismo, quién es la persona que ejecutará la acción, así como las condiciones del lugar y los recursos que empleará. Finalmente debemos seguir las recomendaciones para su cuidado porque, al fin y al cabo, son heridas que pueden infectarse, por lo que hay que mantenerlas sanas hasta su cicatrización.

Algo muy importante que debemos saber es que tanto los tatuajes como los piercing se convierten en prácticas de tipo adictivas, por lo que debemos estar muy atentos a que no se conviertan en conductas repetitivas.

Esta es una prueba más en la difícil carrera de ser padres y madres de adolescentes, pero el triunfo está en el propio hecho de que nos comuniquen sus intenciones. Al hablarnos de sus gustos, él o ella está demostrándonos que le importa nuestra opinión y al mismo tiempo enviándonos un mensaje de tranquilidad.

(Tomado del Blog En Familia)

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