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LA HORRENDA NOCHE DE BOCA DE SAMÁ

Por Alfredo Carralero Hernández

Para Carlos Escalante el tiempo se detuvo, más aún cuando

recuerda con la misma intensidad de entonces aquella noche del 12 de octubre de 1971, en que cayó gravemente herido por los disparos realizados desde lanchas piratas procedentes de territorio norteamericano.

Casi 34 años después sigue junto a la costa donde se produjo el artero ataque, con saldo de dos muertos y cuatro heridos graves entre las tropas guardafronteras y la población civil del pacífico caserío de pescadores.

Eran casi las 10 de la noche y todo el poblado de Boca de Samá, en el litoral norte de Holguín, dormía tranquilo, mientras él permanecía alerta al frente de un grupo de combatientes de la zona, con quienes recorría el interior de la pequeña ensenada.

Rumbo al caserío tras comprobar la efectividad de las guardias, Escalante enfrenta la inesperada agresión armada que como en películas de terror provocó la muerte al instante de dos de sus más queridos compañeros, Lidio Rivaflecha Galán y Ramón Siams Portelles.

En el mismo sitio también él cayó herido, pero la suerte quiso que fuera así para poder contar los pormenores de aquella horrenda noche de Boca de Samá, tierra de pescadores y campesinos, inscripta como una víctima más entre los tantos crímenes y actos terroristas perpetrados por sucesivas Administraciones imperiales norteñas contra Cuba.

La tarde se torna oscura y el Chino, como es conocido también por vecinos, familiares y compañeros, sigue con la vista fija hacia lo infinito del mar como en busca de los agresores, de los terroristas, de quienes una noche intentaron apagar las luces y la esperanza de hombres, mujeres y niños hechos para amar siempre el presente, el futuro y la dignidad.

El tiempo es huella viva en Boca de Samá, donde Carlos Escalante se mantiene muy apegado a la costa, al mar y a toda su gente con las heridas de los ocho balazos que penetraron en sus piernas aquel 12 de octubre de 1971.

No solo recuerdo el abominable suceso, sino de la forma en que se produjo, cobardemente, como es habitual en los asesinos a sueldo, precisa Escalante mientras señala las cicatrices dejadas en una de sus piernas por las balas enemigas.

Los hechos, relata, se originaron cuando una lancha desembarcó silenciosamente por un punto de la costa en medio de la oscuridad de la noche y a cuyos mercenarios nos enfrentamos en combate desigual prácticamente cuerpo a cuerpo.

Ahí perdieron la vida Lidio y Ramón, rememora el hoy jubilado del Ministerio del Interior, quien comúnmente anda por los mismos sitios de entonces, siempre vigilante del mar y de las costas, listo para repeler a los que un día llevaron el luto y el terror al humilde caserío, cercano a la playa de Guardalavaca.

Ya en retirada, añade Escalante, los piratas al servicio del gobierno norteamericano continuaron disparando y las ráfagas se expandieron desde el barco madre por lo más alto del poblado, ocasionando heridas graves también a otros tres vecinos.

La criminal balacera penetró hasta la vivienda de las hermanas Ángela y Nancy Pavón, provocando en esta última los más desgarradores impactos, al mutilarle para siempre uno de sus pies e impedirle el estreno de los zapatos por las 15 primaveras.

Boca de Samá es de hecho todo un tribunal y en las voces de sus habitantes está la más enérgica condena al terrorismo y a quienes lo protegen como práctica criminal de estos tiempos en el planeta.